Dentro de la muralla de tierra cruda, uno se encuentra con un plano ortogonal desconcertante cuyas reglas se inspiran en los principios de la ciudad musulmana. El alineamiento de las calles, interrumpido de un barrio a otro, de un grupo de casas a otro, se asocia a los ángulos rectos, numerosos a lo largo de calles estrechas, para romper voluntariamente toda perspectiva a nivel de la ciudad, de un kilómetro de longitud. Estos juegos de ángulos, al igual que las calles serpenteantes, multiplican los obstáculos para la vista. Así pues, las casas se esconden unas detrás de otras.
Unos inmuebles construidos en altura se aprietan, agrupados sobre una colina para protegerse mejor de las aguas. Surgidas del desierto, 500 casas de tierra cruda, con techumbre blanca para resguardarse también del cielo, se ensanchan hacia la base, recubierta ésta de la misma capa blanca impermeable. Celosías y puertas de madera, algunas muy antiguas (s. XII), adornan estas fachadas, de cinco a nueve pisos, estrechas y cerradas. El extraño conjunto arquitectónico que, en lo esencial, se remonta al siglo XVI y alberga 7.000 habitantes, se abre sobre cinco mezquitas, una de ellas del siglo VIII.